académicas; del segundo caso, las secuencias narrativas de los textos jurídicos son un buen
ejemplo.
Esta versatilidad de las estructuras narrativas aunada a ciertas condiciones pragmáticas
como la cortesía hacen que se vuelvan secuencias predominantes en textos cuya función no
es narrativa (Ochs 2000: 274-275). Esto es una circunstancia común en el coloquio; por
ejemplo, en México, antes de solicitar algo, suele expresarse una secuencia narrativa en la
que el peticionario evidencia los hechos que lo llevan a hacer la solicitud. En estos textos,
además de la condición de transmitir una secuencia de acciones, el hablante –el peticionario-
seleccionará la información que resulte interesante de acuerdo al contexto y, sobre todo,
relevante para su intención. Así, es una característica fundamental de este texto apelativo
que la estructura argumentativa se ve permeada por una estructura narrativa.
Desde una perspectiva cognitiva, las estructuras narrativas tienen características
semánticas y pragmáticas: la característica semántica fundamental es que transmiten
acciones, y de carácter pragmático es la característica de que el hablante sólo contará lo que
a su entender, es interesante de acuerdo al contexto, "un texto narrativo debe poseer como
referentes como mínimo un suceso o una acción que cumplan con el criterio de interés…"
(Van Dijk, 1978:154).
Las categorías superestructurales (Van Dijk, 1978: 34-35, 226-238, 239-344) de los textos
narrativos, desde esta perspectiva, serían la complicación y la resolución, que forman el
núcleo textual narrativo: el suceso. Este está delimitado por circunstancias espaciales y
temporales que se especifican en el texto (marco); el marco y el suceso forman el episodio;
una serie de episodios forma la trama, que aunada a la evaluación forma la historia que, para
tener una estructura narrativa completa, requiere una moraleja. En una descripción más
sistemática: “una superestructura es un tipo de esquema abstracto que establece el orden
global de un texto y que se compone de una serie de categorías, cuyas posibilidades de
combinación se basan en reglas convencionales” (van Dijk, 1978: 144).
Hay otras posturas que permiten acceder a la estructura interna de los textos narrativos.
J.M. Adam, citado por Calsamiglia & Tusón (2001 [1999]: 271), considera que los textos
narrativos tienen seis constituyentes básicos: temporalidad, unidad temática,
transformaciones, unidad de acción y las relaciones que surgen entre estos constituyentes.
Entonces, el usuario de los textos narrativos tendría que acceder a distintos niveles: ciertas
condiciones sintácticas, semánticas y pragmáticas, como las relaciones entre las unidades
gramaticales y sus significados, la coherencia temporal, la transformación de la situación
inicial, la causalidad, la unidad de acción, la estructura informativa, el punto de interés –
criterio de interés- y niveles de estructura que afectan al género textual. Funciona tanto para
la producción como para la interpretación del texto. El usuario, entonces, debería no solo
narrar, también interpretar los textos narrativos, además, debería distinguir la narración de
otros modos discursivos, incluso solo secuencias.
La enseñanza explícita de los procesos narrativos no suele ser una práctica común en la
escuela, pero sí existe una práctica constante de estos procesos, tanto en la producción como
en la recepción-comprensión en los distintos niveles educativos, probablemente por el pronto
acceso que tiene al modo del discurso. A lo largo de su formación, de manera general, un
estudiante ejercitará textos narrativos coloquiales (anécdotas, leyendas, mitos) y leerá textos
narrativos literarios; privilegiando este modo del discurso sobre cualquier otro.
Sin embargo, las convenciones (fáticas, pragmáticas y explícitas) de un texto narrativo –
o una secuencia narrativa- en el ámbito académico-estudiantil no suelen ser un recurso del