201
Todas estas características pueden entenderse, como hemos dicho anteriormente,
como un conjunto de estrategias destinadas a promover la harmonía entre los
interlocutores. Para mantener esta paz y evitar o mitigar posibles conflictos, Lakoff
(1973) estableció el primer intento de extender la idea de regla, tal y como se concibe
en gramática, en el área de la adecuación pragmática. Lakoff introdujo las reglas: “sea
cortés”, relacionada con faceta interpersonal, y “sea claro”, que expresa el mismo
concepto que las máximas del Principio de Cooperación de Grice (1975) y está dirigida
a cerciorar que la transmisión de la información se realiza de forma eficaz.
Posteriormente, Leech (1983) propuso un Principio de Cortesía para mantener el
equilibrio social y las relaciones entre los hablantes. Mediante el desarrollo de sus
máximas (de tacto, de generosidad, de aprobación, de modestia, de acuerdo y de
simpatía), “los hablantes persiguen dos tipos de objetivos: los ilocutivos (lo que se trata
de expresar) y unos fines sociales (la posición que adopta el hablante)” (Horcas
Villarreal, 2009: 1). La relación entre estos dos objetivos se puede clasificar en cuatro
tipos: competitiva (ej. pedir, rogar etc.), amistosa (ej. ofrecer, invitar etc.), colaborativa
(ej. declarar, relatar etc.) y conflictiva (ej. amenazar, acusar). Cuando la función
ilocutiva es competitiva, la cortesía posee un carácter negativo, es decir, se busca
“reducir el desajuste implícito entre lo que el hablante quiere lograr y los ‘buenos
modales’. Por el contrario, cuando la función es amistosa la cortesía adopta un carácter
positivo, buscando el mayor acuerdo.” (Martínez-Cabeza, 1997: 233).
Este carácter positivo y negativo de la cortesía nos lleva a hablar del modelo de
Brown y Levinson (1987). Brown y Levinson establecieron un concepto de gran
importancia para el ámbito de la pragmática: la racionalidad y la imagen pública. La
racionalidad está vinculada con los procesos y los medios que cada individuo emplea
para conseguir un fin y la imagen pública, extraída del concepto de “imagen” de Goffman
(1967), está vinculada a las estrategias que cada individuo emplea para mantener el
prestigio que cada uno desea proyectar y conserva. Todos tenemos una imagen pública
que queremos cuidar por medio de la cortesía. “Esta imagen puede ser mantenida,
reforzada o perdida, por lo que uno debe presentarle atención siempre que interactúa”
(Pinto y De Pablos-Ortega 2014: 146). Así pues, Brown y Levinson parten del supuesto
de que todos los individuos tienen una imagen pública que quieren mantener a salvo.
Esta imagen tiene un carácter positivo y negativo (o “valorizante” y “mitigador” en
términos de Robles Garrote (2014)). La imagen positiva o valorizante está ligada a la
necesidad de ser respetado y valorado por los demás, al reconocimiento de los deseos
de una persona y al sentimiento de aceptación por parte del grupo. Por otro lado, la
imagen negativa o mitigadora está vinculada al deseo de no sufrir imposiciones o no ser
molestado. El hecho de que todos tengamos una imagen tanto positiva como negativa
de uno mismo hace que, al entablar una conversación, los interlocutores se preocupen
“no sólo de su imagen sino de la del otro, pues redunda también en su beneficio; es
decir, la imagen del otro contribuye al mantenimiento del prestigio propio” (Horcas
Villarreal, 2009: 2). No obstante, hay cierto tipo de acciones que repercuten en la
imagen del interlocutor. A este tipo de acciones se les denomina Face-Threatening Acts
o FTA, en inglés, y en español, en términos de Yus (2001) “acciones que amenazan la
imagen” o en términos de Escandell (1996), “acciones que amenazan la imagen pública”.
Este tipo de acciones amenazantes puede agravar o mitigar su efecto dependiendo de
varios factores como el poder del destinatario con respecto al hablante, la distancia
social (donde se incluye la intimidad y familiaridad entre los interlocutores) y el grado