(Vygotsky, 1979), han promovido la generación de un nuevo modelo de enseñanza y un
nuevo rol del profesorado universitario. Tal como se pone de manifiesto en los primeros
documentos redactados por la Comisión Internacional sobre la Educación del Siglo XXI
(1998) publicados por la Unesco, la educación superior tiene que adaptar sus estructuras y
métodos de enseñanza a las nuevas necesidades. Se trata de pasar de un paradigma
centrado en la enseñanza y la transmisión de conocimientos a otro centrado en el
aprendizaje y el desarrollo de competencias transferibles a contextos diferentes en el tiempo
y en el espacio. En este nuevo paradigma, debería además predominar la introducción de
metodologías innovadoras, la calidad pedagógica, y la capacitación competencial crítica y
creativa que favorezca la reflexión, la interpretación de la información y la construcción
activa y autónoma de conocimiento propio por parte del alumnado.
Los nuevos enfoques pedagógicos de las últimas décadas parten de metodologías más
flexibles, basadas en la resolución de problemas, la introducción de la creatividad, el
desarrollo de competencias y la preocupación por la generación de conocimiento.
Representa por tanto un proceso individual, pero desarrollado en un contexto sociocultural,
en el que el estudiante concilia los nuevos conocimientos con sus estructuras cognitivas
previas (Vygotsky, 1979; NLG, 1996; Kucer, 2014). De esta forma, el alumno puede
aprender a discriminar e interpretar la información que hoy en día recibe por múltiples
canales, generar conocimiento de manera más autónoma y asimilarlo a su propio ritmo.
Este giro social también ha influido en la didáctica de las lenguas extranjeras, la cual
ha ido evolucionando y adaptándose además a las demandas pedagógicas multimodales de
la era digital (Block, 2003; Greenfield, 2015; Kern, 2000; Lacorte, 2015; Muñoz-Basols,
Gironzetti y Lacorte, 2018; Reyes-Torres, 2018). En la actualidad, la enseñanza y el
aprendizaje del inglés como lengua extranjera se concibe como un proceso interactivo que
debe contribuir tanto a la formación personal, intercultural y social del alumnado del siglo
XXI como al desarrollo de su capacidad para reflexionar, comprender la realidad y expresar
sus ideas (Bataller y Reyes-Torres, 2019; Kern, 2000; Lacorte, 2013, 2015; López-Sánchez,
2009; Paesani, Allen y Dupuy, 2016).
Uno de los rasgos clave de este cambio de paradigma es el rol de profesor, que pasa a
ser un mediador o facilitador del conocimiento, ubicándose más allá del modelo de profesor
informador y explicador del modelo tradicional. Esto supone que pueda seleccionar
adecuadamente los procesos básicos del aprendizaje y subordinar la mediación a su
desarrollo, a través del uso de estrategias cognitivas y metacognitivas. Lógicamente, la
responsabilidad del docente en el resultado del aprendizaje no desaparece, sino que
compete a profesor y alumno, y este último debe involucrarse activamente como
protagonista de su propio aprendizaje, que él debe organizar, bajo supervisión del profesor.
Los cambios en la función docente suponen la evolución desde una enseñanza centrada en
la exposición y explicación, a una enseñanza basada en la indagación y la construcción, así
como a un mayor énfasis en el desarrollo de procesos de pensamiento eclécticos y
multimodales en esencia.
La sociedad de hoy, volátil, incierta, compleja y ambigua (en inglés “Volatile, Uncertain,
Complex and Ambiguous”, o VUCA), con nuevos valores y renovadas formas de
comunicación, va a necesitar profesionales que no sólo posean conocimientos concretos
(necesarios pero no suficientes), sino que cuenten además con visión, capacidad de trabajo
colaborativo, habilidades comunicativas, habilidades de gestión emocional y capacidad para
gestionar e interpretar el mundo de la imagen (Portalés-Raga, 2019). Del mismo modo, se
hace imprescindible demostrar liderazgo, autogestión y autoaprendizaje, y ser competentes
en el uso eficaz de las nuevas tecnologías de la información y otras competencias