En todo caso, ambas perspectivas –que no necesariamente se oponen, sino
que, en la mayoría de sus aplicaciones a la investigación, se complementan y se
influencian– tienen en común la noción de discurso académico como punto de
partida, el cual, a su vez, parte del término comunidad discursiva. Swales (2008)
determinó seis características que identifican una comunidad discursiva: compartir
una serie de metas públicas consensuadas; tener mecanismos de interconexión
entre sus miembros, usar sus mecanismos de participación para proporcionar
información y retroalimentación; utilizar y, por lo tanto, poseer uno o más géneros
para la comunicación y fomento de sus objetivos; haber adquirido léxico
específico; y tener un nivel inicial para sus miembros con experiencia discursiva y
con un grado adecuado de contenido relevante.
Desde esta perspectiva, la academia se constituye como una comunidad
discursiva en la cual se comparten géneros, un léxico específico al contexto, entre
otros. El discurso académico, entonces, se concibe como aquel que emerge de las
academias, los centros de investigación y las universidades para generar,
transmitir o reproducir conocimiento científico (Marinkovich y Velásquez, 2010:
132). Villar (2014) pondera que el discurso académico es principalmente formal y
está constituido por un conjunto de textos académicos orales y escritos
elaborados, que circulan dentro del ámbito universitario y que están destinados a
presentar, discutir y evaluar conocimientos. Dichos textos difieren en su grado de
especialización y experticia del emisor, y presentan rasgos lingüísticos y textuales
próximos al discurso científico, con el predominio de un andamiaje didáctico con
fines educativos.
Desde un punto de vista muy amplio, el discurso académico es aquel que
constituye la llamada comunidad académica. Las universidades, los centros de
investigación y, más en general, las organizaciones vinculadas al conocimiento
sistemático socializado constituyen las entidades donde se genera este tipo de
discurso. Es utilizado por docentes y estudiantes para presentar, discutir, enseñar
y evaluar, de manera oral o escrita, cuestiones científicas por medio de recursos
muy variados (Castro et al., 2010). En cada comunidad discursiva circulan géneros
que han sido producidos dentro de ese contexto con el fin de satisfacer sus
demandas comunicativas emergentes (Parodi, 2015). Así, son géneros académicos
un artículo de una revista especializada en alguna disciplina, un registro
documental en video acerca de un fenómeno de estudio, una clase magistral, una
ponencia en unas jornadas de investigación, el libro de texto que maneja en clase,
un trabajo escolar, una exposición estudiantil, etc. (Íd.)
Si se tiene en cuenta que los géneros académicos son operacionalizados, es
decir, que tienen manifestaciones concretas, reales, materializadas, a través de
un conjunto de textos que se organizan por medio de un continuum en el que se
van concatenando desde los textos escolares generales hasta los académicos
universitarios, se evidencia que uno de los propósitos básicos de los géneros
académicos será precisamente separar los textos en académicos y no académicos.
Esta centralidad de los géneros académicos, dentro de ese continuum, como ejes
articulatorios entre los profesionales y otros géneros especializados, de acuerdo
con Parodi (2015), revela su carácter fundamental en la construcción de un sello
disciplinar especializado. De esta manera, este espacio académico de formación
actúa como una guía conductora inicial que ofrece un repertorio de géneros que
se constituyen en accesos al conocimiento y a las prácticas especializadas.
Ciertamente, la comunidad académica emplea esta serie de géneros (y
subgéneros), cuyo conocimiento es fundamental para los nuevos miembros que
desean ingresar a la comunidad, como una suerte de prueba o evaluación para
entrar y ser parte de estos grupos que dominan, estructuran y reestructuran los