denominado interferencia) de una gramática sobre la otra. Desde hace tiempo, se ha
desterrado la concepción de la L1 como algo negativo. De hecho, diversos estudios afirman
que la motivación de los estudiantes disminuye cuando no se les permite utilizar las
estrategias que tienen interiorizadas en su lengua materna (Swain y Lapkin, 1995).
El presente estudio toma como punto de partida el experimento llevado a cabo por
Seijas y Spino (2023), en el que se encuestó a 48 profesores de español con el fin de
conocer qué retroalimentación darían a sus estudiantes, en el caso de que estos incluyesen
en sus redacciones palabras como folder, sensitivo o gangas. Los investigadores sugerían
tres posibilidades de retroalimentación (marcarlo como erróneo y suprimirlo, señalar que
no era adecuado en ese contexto escrito, o proponer una alternativa). Más del 85 % se
decantó por la primera opción en todos los ítems que se les proponían. El feedback que
daban a los estudiantes incluía apreciaciones en las que se explicaba que algunas
expresiones no existían, como fuistes o habían (personas), y otras se rechazaban con el
pretexto de que no serían comprensibles por el interlocutor, como cash o aplicar a la
universidad.
Como ya se apuntó, la noción de lo que constituye un error suscita problemas por
cuanto se confunden a menudo las vertientes de la gramática y la sociolingüística. Como
apunta Milroy, para muchos hablantes cultos y educados, incluso con conciencia
sociolingüística, la incorrección de la forma I seen it (en lugar de I saw it) depende de las
reglas del lenguaje, y no de las convenciones sociales, por lo que no hacen falta más
explicaciones para rechazarla (2001: 335). Esta visión esencialista del lenguaje, que asume
una lógica interna en el sistema lingüístico, es la responsable de que los docentes de
lenguas adicionales sitúen al mismo nivel las formas desprestigiadas y las agramaticales.
Los enfoques críticos en la enseñanza de lenguas señalan que aprender y enseñar
un idioma nunca es neutral, ya que en el aula se transmiten no solo reglas gramaticales,
sino también ideologías, relaciones de poder y una visión sobre qué variedades son
legítimas (Leeman, 2014: 275). Como se ha apuntado en diversas ocasiones (Potowski,
2005; Beaudrie, Ducar y Potowski, 2014), incorporar una perspectiva sociolingüística con
los hablantes de herencia es clave, ya que en muchos casos el concepto de adecuación
puede camuflar una estigmatización hacia algunas variedades. Así, se pueden entender
como inapropiados o informales usos que provienen, sencillamente, de un código híbrido,
o de una comunidad minorizada. Como apunta Leeman (2018: 351), las normas de lo que
es apropiado no son universalmente compartidas, ni son neutrales; a menudo dejan
entrever las relaciones de poder.
Los docentes de lenguas tratan, por lo general, de que sus estudiantes alcancen un
dominio ideal del estándar que les permita sortear cualquier tipo de discriminación y les
conduzca al éxito social y profesional, pero olvidan con frecuencia que los aprendices
poseen un amplio conocimiento sociopragmático y, sobre todo, que, posiblemente, no
comparten con ellos el mismo consenso cultural sobre lo que es apropiado y formal para
cada entorno (Holguín Mendoza, 2022: 152). La razón por la que se le da más peso a una
determinada variedad en el aula y se la caracteriza como estándar es ideológica (Milroy,
1999).
Desde un punto de vista sociolingüístico, diversos estudios han hecho hincapié en
que muchos docentes no tienen una mirada pluricéntrica en relación con el español y
privilegian algunas variedades, aun cuando no son la suya (Hama y Ramsburg, 2025). En
la misma línea, estudios recientes señalan que los docentes reaccionan de forma negativa
hacia las alternancias de código de sus estudiantes (Zúñiga, Henderson y Palmer, 2017;
Román, Pastor y Basaraba, 2019).