1. Introducción
El estudio de la relación entre emoción y lenguaje ha oscilado entre la búsqueda de universales afectivos
y, en contraste, enfoques que subrayan la variabilidad cultural y contextual de la experiencia emocional.
Paralelamente, la lingüística aplicada y la adquisición de segundas lenguas y de lenguas extranjeras (1)
han evidenciado que la emoción no es un “ruido” del aprendizaje, sino un componente estructural de la
cognición y de la acción comunicativa. Desde esta convergencia, la pregunta por el “espacio mental” de
las emociones —esto es, cómo se organizan y se relacionan entre sí los estados afectivos y sus
categorías— resulta central para comprender por qué ciertas palabras, expresiones o actos de habla
“pesan” más en la L1 que en la LE, y qué condiciones favorecen o limitan esa resonancia. El objetivo
de este artículo es triple. Primero, proponer un marco integrador para describir la formación del espacio
emocional como un sistema multinivel que articula: (a) un sustrato dimensional de afecto nuclear (core
affect) de Russell (1980), (b) procesos de conceptualización y categorización emocional guiados por
experiencia y cultura, y (c) patrones de realización lingüística (léxico, fraseología, metáforas,
pragmática y narrativas). Segundo, discutir continuidades y discontinuidades entre L1 y LE, a partir de
evidencia empírica sobre reactividad emocional y representación léxica en aprendices de LE (Harris et
al., 2003; Pavlenko, 2005, 2008, 2012, 2014; Dewaele, 2008), así comode modelos enactivistas que
conciben el significado como emergente de la interacción. Tercero, integrar ese marco con criterios de
diseño didáctico (UDL 3.0; CAST, 2024) y ofrecer una ilustración empírica sobre cómo variables
motivacionales y afectivas se reflejan en elecciones lingüísticas en tareas de traducción.
2. Marco conceptual: del afecto nuclear a la conceptualización y al lenguaje
Para modelizar el “espacio mental” de las emociones conviene distinguir, sin separarlos, tres niveles
interdependientes: (a) Afecto nuclear, entendiendo con este término todos aquellos modelos
dimensionales que describen estados afectivos mediante ejes de valencia (agradable–desagradable) y
activación (alta–baja), a menudo organizados en estructuras de tipo circunflejo (Russell, 1980; Posner
et al., 2005). (b) Conceptos de emoción en cuanto las emociones cotidianas (p. ej., aprensión, vergüenza,
orgullo, nostalgia, valor, etc.) implican interpretación, atribución de causa, normas y guiones culturales.
En enfoques constructivistas, la emoción emerge cuando el organismo categoriza sensaciones corporales
y señales situacionales mediante conceptos aprendidos (Barrett, 2017). (c) Realización lingüística, es
decir, el lenguaje materializa y, a la vez, reorganiza el espacio emocional. La disponibilidad léxica, la
fraseología, las metáforas y las rutinas pragmáticas contribuyen a delimitar fronteras categoriales,
refinar matices y estabilizar asociaciones. En este punto, el 4E Framework (2) ofrece una ventaja
analítica, dado que, si la cognición es encarnada, situada, extendida y enactiva, el “espacio” emocional
no es un contenedor interno preexistente, sino una dinámica de construcción de sentido que se consolida
mediante historias de interacción. En esta línea, se ha propuesto que la relación entre lenguaje y cuerpo
funciona como un circuito bidireccional (lenguaje→cuerpo y cuerpo→lenguaje) (López García-Molins,
2017) y que el aprendizaje léxico en LE se apoya en redes de experiencia construidas en L1. Un
desarrollo operativo de esta idea es el enfoque léxico-enactivo que afirma que la transferencia no se
reduce a interferencias, sino que puede entenderse como una recarga del sistema conceptual hacia el
léxico de L1 y, por propiedades enactivas, hacia el de LE; de ahí que educar hacia un uso consciente del
léxico implique transponer al idioma meta experiencias (incluidas las emocionales) vividas en la L1,
moduladas por situación, entorno y relaciones (Di Gesù, 2016).
2.1. Aprendizaje experiencial y enacción: mecanismos de estabilización del espacio
emocional
La L1 suele adquirirse en ciclos experienciales densos (socialización primaria), donde las etiquetas
emocionales quedan vinculadas a episodios autobiográficos y a normas relacionales; la LE,
especialmente si se adquiere en ámbitos formales, comienza con ciclos más “desanclados” y menor
densidad de consecuencias sociales directas. Por ello, el diferencial de resonancia L1/LE puede
entenderse como una diferencia en el grado de acoplamiento afectivo acumulado, más que como un
rasgo intrínseco de la lengua (Harris et al., 2003; Pavlenko, 2005).
La noción de languaging resulta especialmente útil para conectar esta dinámica con el lenguaje, de
hecho, el significado no se reduce a un código estático, sino que se realiza como actividad situada. En
consecuencia, la organización del espacio emocional se refleja en elecciones léxicas y pragmáticas, pero