que nos llevaría a la literatura como espacio de evocación tras procesos de
desplazamiento forzado, en este caso, el exilio.
2.4. Nuestro texto: exilio y memoria
«¿Es posible trasladar al lenguaje escrito las consecuencias íntimas de la experiencia
límite del exilio? Como señala Amelia Sanz Cabrerizo, estamos ante “el desafío de una
hermenéutica para un mundo sin fronteras”. Por ello, y como aviso a los estudiosos de
la literatura, la misma autora apunta: “Quizás sea una contribución importante
estudiar la representación de las identidades (des)localizadas a partir de los textos
literarios” (2008: 14)» (Mascarell, 2022: 17). En su artículo “Narrar la experiencia de la
refugiada”, Purificació Mascarell realiza un análisis comparativo de dos novelas
autobiográficas cuyas autoras tienen en común el exilio: la escritora iraní exiliada en
Francia Maryam Madjidi y la novelista Kim Thúy originaria de Vietnam y residente en
Canadá. Entre las “similitudes narrativas y paralelismos temáticos” que encuentra en
estas dos obras, destacan “aquellos elementos que configuran el universo imagológico
particular de la literatura desterritorializada.” (Mascarell, 2022: 17).
La extensa y fructífera obra literaria e intelectual de Francisco Ayala (Granada, 1906-
Madrid, 2009) ofrece ejemplos de esta literatura desterritorializada, realizada, en
paralelo a la trayectoria vital del escritor, en diversos espacios geográficos. Granada,
Madrid, Berlín, ciudades en las que inicia y desarrolla su etapa formativa; Valencia,
Praga, Barcelona, residencias temporales determinadas por la guerra civil española;
París, La Habana, Chile, lugares de tránsito, de espera y trámites burocráticos;
Argentina, Brasil, Puerto Rico, Estados Unidos, sus países del exilio; España, de nuevo y,
por último, componen su mapa vital, construido entre Europa y América. De estos
lugares y de sus vivencias en ellos, así como de sus viajes a tierras desconocidas por las
que sentía curiosidad —Latinoamérica, Asia y el Medio Oriente—, escribió en varias
ocasiones y de diversas formas.
En De mis pasos en la tierra (Alfaguara, 1998), Ayala recoge algunas de estas
remembranzas conscientes sobre su paso por el mundo. Los títulos de algunos de los
capítulos que componen el volumen resultan bastante elocuentes: “Del Genil al Río de
la Plata”, “De Buenos Aires a Puerto Rico”, “Santiago de Compostela, en la imaginación
y en la realidad”, “Beirut”, “Bagdad”, “Mundo adelante”, “Sevilla en mi vida”, “Regreso
a Granada”. Un recorrido que inicia con la introducción “El viaje como metáfora de la
vida humana”, donde el viaje, concebido como metáfora de la vida humana, va
inseparablemente unido a la emoción: «El primer viaje que recuerdo con emoción (o
cuyas emociones recuerdo) fue el que, a la edad de dieciséis años, debí hacer en tren
desde mi Granada natal a Madrid» (1998: 16). Cuando esos viajes devienen exilio
obligado, la metáfora continúa: «Yo me he esforzado por desdramatizar el mío [el
exilio]; pero, después de todo, perder cuanto uno posee para verse despojado de su
propia historia personal y lanzado hacia un futuro incierto, en viaje hacia lo
desconocido, no dejar de ser una experiencia donde la metáfora adquiere tremenda
realidad» (1998: 19).
En el exilio, la percepción sensorial que le produce el contacto directo con espacios