y mediante distintos enfoques metodológicos. Desde una perspectiva lingüística, estudios previos han
documentado que la conceptualización emocional está profundamente condicionada por la lengua y la
cultura de los hablantes. El enfoque de la Natural Semantic Metalanguage (NSM) desarrollado por
Wierzbicka (1999) sostiene que los conceptos emocionales no son universales, sino construcciones
lingüísticas y culturales específicas, propias de cada comunidad. Cada cultura ofrece un conjunto de
guiones (cultural scripts) que orientan cómo las personas deben sentir, interpretrar y comunicar sus
propias emociones y las de los demás (Wierzbicka, 1999, p. 240). Investigaciones transculturales han
demostrado que la traducción de términos emocionales entre lenguas no garantiza una equivalencia
semántica plena, ya que estos conceptos rara vez presentan correspondencias exactas y suelen articularse
mediante aproximaciones parciales con configuraciones semánticas distintas. Así, anger no se
corresponde plenamente con ira ni con enfado en español, ni frustration con frustración (Ogarkova et
al., 2012; Soriano y Ogarkova, 2025). En este contexto, en la presente investigación se ha optado por
emplear el término enfado, para referirse a la emoción anger, en lugar de ira, al considerarse una
denominación más acorde con la intensidad emocional efectivamente expresada por los participantes en
sus narrativas, que reflejan experiencias de malestar, molestia o enfado moderado. Mientras que en
inglés anger designa una categoría emocional amplia que abarca un continuo de intensidades, desde
estados leves de molestia hasta episodios de elevada activación emocional, en español ira suele asociarse
prototípicamente a manifestaciones más extremas.
Asimismo, numerosos trabajos han señalado que los hablantes bilingües procesan palabras, frases o
pasajes con carga emocional de manera diferente en la L1 y en la L2 (Altarriba et al., 2003; Blanco
Canales y Hernández Muñoz, 2023; Caldwell-Harris et al., 2003; Dewaele, 2006; Dewaele y Costa,
2012; Ferré et al., 2010; Gawinkowska et al., 2013; Pavlenko, 2004, 2008; Kazanas y Altarriba, 2016).
Según estos autores, la L1 suele estar asociada a una mayor carga afectiva, mientras que la L2,
desprovista o disminuida de la resonancia emocional inherente a la L1, presenta un distanciamiento
emocional con respecto a la experiencia o evento afectivo, especialmente en bilingües tardíos o con
menor dominio de la lengua (Altarriba, 2003; Caldwell-Harris et al., 2003; Dewaele, 2006, 2008;
Pavlenko, 2004). No obstante, los resultados no son unívocos, ya que otros estudios no encuentran
diferencias sistemáticas entre lenguas o incluso apuntan a una mayor intensidad emocional en la L2,
dependiendo de factores como la edad de adquisición, la competencia lingüística, el contexto de uso y
el tipo de tarea empleada (Ayçiçeği y Caldwell-Harris, 2004; Eilola et al., 2007; Ponari et al., 2015).
Estas diferencias interlingüísticas, tanto en la conceptualización como en el procesamiento emocional,
podrían influir en la manera en que los hablantes bilingües construyen y expresan sus emociones, ya sea
limitando la eficacia comunicativo-afectiva de sus discursos o, por el contrario, facilitando una
expresión más directa, explícita e intensa, con menos restricciones y autocensura (Dewaele, 2013). Los
estudios pioneros de Rintell (1989) y Koven (1998) ya abordaron esta cuestión y pusieron de relieve el
papel de la lengua en la construcción discursiva de la experiencia afectiva. Estos trabajos, además,
consolidaron las narrativas personales como una herramienta privilegiada para el estudio de la expresión
emocional en hablantes bilingües. Rintell (1989) analizó cómo aprendientes de inglés como L2
describían experiencias emocionales en comparación con hablantes nativos y concluyó que la expresión
emocional en una L2 no depende únicamente del conocimiento lingüístico, sino también de la
familiaridad con los guiones culturales disponibles en la comunidad de la lengua objeto, así como del
dominio progresivo de estrategias discursivas socialmente aceptadas para evaluar y narrar la experiencia
afectiva. Por su parte, Koven (1998, 2001), en su análisis de narrativas autobiográficas producidas por
hablantes bilingües en francés–portugués, mostró que la lengua utilizada no solo vehicula el contenido
emocional, sino que también influye en la evaluación del evento, la identidad discursiva del hablante y
la forma en la que este se posiciona afectivamente frente a sus propias experiencias.
A partir de estos trabajos, un número creciente de investigaciones abordó el estudio de la expresión
emocional en la L2, con especial interés en el vocabulario emocional empleado en las producciones
afectivas (Dewaele y Pavlenko, 2002, 2003; Pavlenko y Driagina, 2007). Estos autores examinaron
diversas variables que incidían en el uso del léxico emocional y coincidieron en señalar que, más allá
de la competencia lingüística, la expresión afectiva en la L2 dependía de factores individuales (género
y extraversión) y socioculturales. Si bien los aprendientes con nivel más avanzado tendían a producir un